INDIGNACIÓN Y OPINIÓN PÚBLICA.
Aniversario 15M.
Para entender mejor el objetivo de este
trabajo, podemos definir los conceptos o ideas más significativas que incluye:
Sociedad
civil:
designa a la diversidad de personas que, con categoría de ciudadanos y
generalmente de manera colectiva, actúan para tomar decisiones en el ámbito
público que consideran a todo individuo que se halla fuera de las estructuras
gubernamentales.
Movimientos
u organizaciones de base: sirve para identificar a las organizaciones de carácter
social o político
más cercanas a la comunidad a la que sirven. A su vez, las organizaciones de
base son asistidas por organizaciones mayores, que pueden ser desde un partido político, una ONG, o federaciones
o confederaciones de organizaciones o secciones
de organizaciones nacionales o regionales. En teoría, la organización de base
es la célula más pequeña y más relacionada con el pueblo llano.
Opinión
pública:
es la tendencia o preferencia, real o estimulada, de una sociedad
o de un individuo hacia hechos sociales que le reporten interés.
Cambio o
transformación social:
es una alteración apreciable de las estructuras
sociales, las consecuencias y manifestaciones de esas estructuras
ligadas a las normas, los valores y a los productos de las mismas.
Conciencia
colectiva:
se refiere a las creencias compartidas y a las actitudes morales, que funcionan
como una fuerza unificadora dentro de la sociedad. Esta fuerza se encuentra
separada y es, generalmente, dominante en comparación con la conciencia
individual. Según esta teoría, una sociedad, una nación o un grupo constituyen
una entidad que se comporta como un individuo global.
LA SOCIEDAD ESPAÑOLA EN 2011
El Movimiento 15M estalla en un contexto de
grave crisis económica, que a su vez pone de manifiesto una crisis política y
de valores.
La percepción ampliamente compartida es que la
crisis es una crisis global que afecta a
todos los ámbitos y a todo el mundo: “ahora de repente nos encontramos con que
está todo mal y todo de repente y todo el mundo al mismo tiempo...”.
A la crisis económica se le atribuye un origen internacional,
aunque muy pronto el discurso desciende al contexto nacional.
En España, la crisis se define por la caída de
la construcción, anterior motor de crecimiento, la facilidad de concesión de
crédito por parte de las entidades bancarias y un consumismo y endeudamiento
desorbitado por parte de la ciudadanía, además de abundantes casos de economía
sumergida y una idea de “beneficio fácil” que ha sobrevolado España durante los
años prósperos, económicamente hablando, dejando todo ello la sensación de que “estamos
pasando factura”.
La cara más visible de esta crisis es la elevada tasa de paro que se ceba, sobre todo, con la población más joven pero, más allá de ello, la sensación es que la
crisis está produciendo empobrecimiento generalizado y colectivo.
En la sociedad, hay dos discursos paralelos al
respecto de la responsabilidad de la crisis: por un lado, una cierta sensación
de culpa subyace en todo el discurso de forma más o menos acusada. La
ciudadanía se auto-responsabiliza de haber actuado inconscientemente y haber
asumido un modelo de gasto “vendido” por el sistema capitalista, cuyas
consecuencias son insostenibles. El reinado de la cultura consumista y el
excesivo gasto se presentan como conductas colectivas nocivas: “Hemos estado
gastando por encima de nuestras posibilidades“, “Hemos sido inconscientes y nos
hemos empeñado”.
Por otro lado, este discurso convive con otro
que responsabiliza fundamentalmente al sector financiero y a la clase política.
Al primero se le atribuye la venta de ilusiones en forma de créditos imposibles
de mantener: “Nos han vendido la burra de unos años a esta parte de que aquí
podrías comprar todo lo que quisieras a cómodos plazos sin problemas, y ahora
resulta que ves a la gente que se queda sin piso, pero que encima tiene la
deuda“. A la clase política se la responsabiliza sobre todo de no haberse
ocupado de buscar soluciones a los excesos de la banca, además de malgastar los
recursos públicos y de realizar una mala gestión.
Esta
situación crea unas expectativas de futuro nada halagüeñas. Los sentimientos de
pesimismo e inseguridad impregnan el
discurso. Aunque se espera el fin de la crisis, no se confía en que se produzca
pronto ni fácil, y se conciben sobre todo salidas individuales (emigrar,
autoempleo,...) que se viven como un indeseado “algo hay que hacer”.
EL
PROCESO DE INDIGNACIÓN SOCIAL
Si bien el eco de la crisis crea una
conciencia de lo mal que están las cosas, también impulsa a buscar soluciones,
a confiar en un cambio de valores y a valorar la adopción de un nuevo modelo de
vida aún en construcción, igual de ético y comprometido que poco definido.
De esta forma, para
algunos sectores de la población, la crisis se convierte en una oportunidad
para cambiar las cosas. Este cambio tiene que ver con relaciones sociales
basadas en ideales más comunitarios, vínculos menos individualistas y sobre
todo con una actitud diferente ante el consumo.
Aunque manifiesta ciertas dificultades para construir propuestas reales
y concretas, es manifestado como una necesidad y también, tímidamente, como una
solución.
En este escenario, la confianza en que la
clase política lidere el necesario cambio es prácticamente nula. En realidad,
la crisis económica ha venido a desenmascarar una profunda crisis política. El
descrédito y desconfianza hacia la política y la clase política son
prácticamente unánimes. Pero además,
emerge un sentimiento, no solo de abandono por parte de la clase política a la
ciudadanía, sino también de cierta “explotación” de una hacia la otra, puesto
que “la crisis no la ha pagado ni la clase política, ni los bancos, sino la
ciudadanía”.
La frustración e indignación son los
sentimientos reinantes.
Se percibe, pues, un claro distanciamiento
entre la clase política y la ciudadanía que representa y sus intereses, o lo
que es lo mismo, entre los problemas a resolver y la gente que los resuelve:
“El sistema democrático se ha convertido en una oligarquía de que el gana las
elecciones es el que manda,…”, “No se adaptan a la necesidades del pueblo, de
la población, de la sociedad”.
La visión limitada de la democracia, el
déficit democrático, la corrupción, la ineficacia, etc… contribuyen a desnutrir
la eficacia política de la ciudadanía. Se alega poca existencia de “canales de
participación”. El sector más beligerante invita a hacer más protesta y más
organización (a través de una mayor implicación), así como una mayor fórmula de
control: “Es que tiene que haber alguna fórmula de control de los partidos
políticos cuando les eligen, pero un control no del resto de los partidos sino
de parte de los ciudadanos, que pudieran hacer como de fiscales o de controlar
que un partido estén cumpliendo con su programa o con una serie de cuestiones”.
En definitiva, el rechazo al sistema se manifiesta a través del resurgir de la
conciencia que pretende pasar de ser “solamente consumidores a convertirte en
ciudadanía”. Es un cambio que tiene como principal aspiración establecer un
orden distinto en las prioridades en la vida y
de responsabilizarnos, más de darnos cuenta de que realmente tenemos el
poder nosotros”. Implica una visión más amplia que la mínima expresión
participativa del voto. O bien se hacía
una evolución hacia otro sistema o bien una ruptura con el que había.
¿ REVOLUCIÓN SOCIAL EN UN MUNDO GLOBAL?
El siglo XXI se presenta como la máxima
expresión de una economía mundial dominada por capitalismo y el industrialismo
de las potencias que generalmente actúan en bloque para defender sus intereses.
Pero el poder y la denominación actúan hoy en día de manera diferente a como
ocurría en la anterior sociedad industrial.
El poder
de la sociedad industrial era
represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los
trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese
sistema represivo eran visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un
oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.
El sistema de dominación neoliberal está
estructurado de una forma totalmente distinta. El poder del sistema ya no es
represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible el
oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la
resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario,
en empleador de sí mismo. Cada uno es amo y esclavo en una persona.
También la
lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa
se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno
se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.
¿ Contra quien
protestar ? ; ¿ Contra uno mismo?
Hoy no hay
ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una masa
protestante y revolucionaria global. Por el contrario, la soledad del auto-empleado
aislado, separado, constituye el modo de producción presente. Antes, los empresarios competían entre sí. Sin embargo, dentro de la empresa era posible una solidaridad. Hoy compiten todos contra todos, también dentro de la empresa.
La competencia
total destruye la solidaridad y el
sentido de comunidad
No
obstante el análisis realizado, estamos comprobando como, con los actuales
movimientos sociales a nivel mundial, se está produciendo un cambio cultural y
de relación entre la sociedad civil y el Estado que pueden conllevar cambios
sociales de un alcance similar a lo que podemos entender como
revolución
social
CONFLICTO POLÍTICO-FILOSÓFICO
¿Qué salidas tienen los ciudadanos cuando, una parte importante de los mismos se
encuentran en el túnel de la frustración y la indignación?
¿
La “ SOL-UCIÓN “, como en la foto, se
encuentra en la movilización social de una parte de la ciudadanía (la más
concienciada y la más combativa) para
que con sus protestas consigna una llamada de atención a la opinión pública que
consiga cambiar la situación del país?
¿ Es legítima esta
movilización y sus fines ?
En
el pensamiento clásico la legitimidad se trataba al hilo de la consideración de
las posibles formas de gobierno y de sus respectivos fines político-morales. La
legitimidad respondía a unos criterios éticos. Es Platón quien inaugura la idea
de la existencia de una complementariedad entre la identidad de la polis y el
ideal de vida perseguido por sus miembros, una noción también asumida por
Aristóteles y que posteriormente encontraremos repetida en numerosos pensadores
romanos y cristianos. El tema principal es la ponderación de la bondad o maldad
de cada forma de gobierno.
Con
el contractualismo nace la filosofía política moderna y la noción de
legitimidad como consentimiento. La
legitimidad consistirá en el cumplimiento de las condiciones del "contrato
social", que toma varias formas: pacto entre individuos (Locke), pacto de
la sociedad consigo misma (Rousseau), pacto de súbditos con soberano (Bodino).
En
la Inglaterra
del XVII, Hobbes escribió sobre la necesidad de instituir la sociedad civil
arrancando del caos imperante en un estado en que los individuos, en pleno uso
de su natural autonomía, podían recurrir a la fuerza de sus apetitos y
necesidades. El derecho de resistencia
quedaba de este modo limitado sólo a aquella circunstancia en que el Estado
traicionase la naturaleza de su misión y amenazase individualmente la
existencia física de sus súbditos.
Por
lo tanto, en principio, desde el punto de vista filosófico sí sería legítima
esa movilización popular que impulsara el cambio ante una situación injusta, siempre que, claro está, ese sentimiento
de necesidad de movilización fuera mayoritario en la sociedad.

