domingo, 5 de junio de 2016

INDIGNACIÓN Y OPINIÓN PÚBLICA




INDIGNACIÓN Y OPINIÓN PÚBLICA. 

Aniversario 15M.


Para entender mejor el objetivo de este trabajo, podemos definir los conceptos o ideas más significativas que incluye:

Sociedad civil: designa a la diversidad de personas que, con categoría de ciudadanos y generalmente de manera colectiva, actúan para tomar decisiones en el ámbito público que consideran a todo individuo que se halla fuera de las estructuras gubernamentales.

Movimientos u organizaciones de base: sirve para identificar a las organizaciones de carácter social o político más cercanas a la comunidad a la que sirven. A su vez, las organizaciones de base son asistidas por organizaciones mayores, que pueden ser desde un partido político, una ONG, o federaciones o confederaciones de organizaciones o secciones de organizaciones nacionales o regionales. En teoría, la organización de base es la célula más pequeña y más relacionada con el pueblo llano.

Opinión pública: es la tendencia o preferencia, real o estimulada, de una sociedad o de un individuo hacia hechos sociales que le reporten interés.

Cambio o transformación social: es una alteración apreciable de las estructuras sociales, las consecuencias y manifestaciones de esas estructuras ligadas a las normas, los valores y a los productos de las mismas.

Conciencia colectiva: se refiere a las creencias compartidas y a las actitudes morales, que funcionan como una fuerza unificadora dentro de la sociedad. Esta fuerza se encuentra separada y es, generalmente, dominante en comparación con la conciencia individual. Según esta teoría, una sociedad, una nación o un grupo constituyen una entidad que se comporta como un individuo global.






LA SOCIEDAD ESPAÑOLA EN 2011


El Movimiento 15M estalla en un contexto de grave crisis económica, que a su vez pone de manifiesto una crisis política y de valores.

La percepción ampliamente compartida es que la crisis es una crisis global que  afecta a todos los ámbitos y a todo el mundo: “ahora de repente nos encontramos con que está todo mal y todo de repente y todo el mundo al mismo tiempo...”.

A la crisis económica  se le atribuye un origen internacional, aunque muy pronto el discurso desciende al contexto nacional.

En España, la crisis se define por la caída de la construcción, anterior motor de crecimiento, la facilidad de concesión de crédito por parte de las entidades bancarias y un consumismo y endeudamiento desorbitado por parte de la ciudadanía, además de abundantes casos de economía sumergida y una idea de “beneficio fácil” que ha sobrevolado España durante los años prósperos, económicamente hablando,  dejando todo ello la sensación de que “estamos pasando factura”.

La cara más visible de esta crisis es la  elevada tasa de paro que se ceba,  sobre todo, con la población más joven  pero, más allá de ello, la sensación es que la crisis está produciendo empobrecimiento generalizado y colectivo.

En la sociedad, hay dos discursos paralelos al respecto de la responsabilidad de la crisis: por un lado, una cierta sensación de culpa subyace en todo el discurso de forma más o menos acusada. La ciudadanía se auto-responsabiliza de haber actuado inconscientemente y haber asumido un modelo de gasto “vendido” por el sistema capitalista, cuyas consecuencias son insostenibles. El reinado de la cultura consumista y el excesivo gasto se presentan como conductas colectivas nocivas: “Hemos estado gastando por encima de nuestras posibilidades“, “Hemos sido inconscientes y nos hemos empeñado”.

Por otro lado, este discurso convive con otro que responsabiliza fundamentalmente al sector financiero y a la clase política. Al primero se le atribuye la venta de ilusiones en forma de créditos imposibles de mantener: “Nos han vendido la burra de unos años a esta parte de que aquí podrías comprar todo lo que quisieras a cómodos plazos sin problemas, y ahora resulta que ves a la gente que se queda sin piso, pero que encima tiene la deuda“. A la clase política se la responsabiliza sobre todo de no haberse ocupado de buscar soluciones a los excesos de la banca, además de malgastar los recursos públicos y de realizar una mala gestión.

Esta situación crea unas expectativas de futuro nada halagüeñas. Los sentimientos de pesimismo e inseguridad  impregnan el discurso. Aunque se espera el fin de la crisis, no se confía en que se produzca pronto ni fácil, y se conciben sobre todo salidas individuales (emigrar, autoempleo,...) que se viven como un indeseado “algo hay que hacer”.


EL PROCESO DE INDIGNACIÓN SOCIAL


Si bien el eco de la crisis crea una conciencia de lo mal que están las cosas, también impulsa a buscar soluciones, a confiar en un cambio de valores y a valorar la adopción de un nuevo modelo de vida aún en construcción, igual de ético y comprometido que poco definido.

De esta forma, para algunos sectores de la población, la crisis se convierte en una oportunidad para cambiar las cosas. Este cambio tiene que ver con relaciones sociales basadas en ideales más comunitarios, vínculos menos individualistas y sobre todo con una actitud diferente ante el consumo.  Aunque manifiesta ciertas dificultades para construir propuestas reales y concretas, es manifestado como una necesidad y también, tímidamente, como una solución.

En este escenario, la confianza en que la clase política lidere el necesario cambio es prácticamente nula. En realidad, la crisis económica ha venido a desenmascarar una profunda crisis política. El descrédito y desconfianza hacia la política y la clase política son prácticamente unánimes.  Pero además, emerge un sentimiento, no solo de abandono por parte de la clase política a la ciudadanía, sino también de cierta “explotación” de una hacia la otra, puesto que “la crisis no la ha pagado ni la clase política, ni los bancos, sino la ciudadanía”.

La frustración e indignación son los sentimientos reinantes.

Se percibe, pues, un claro distanciamiento entre la clase política y la ciudadanía que representa y sus intereses, o lo que es lo mismo, entre los problemas a resolver y la gente que los resuelve: “El sistema democrático se ha convertido en una oligarquía de que el gana las elecciones es el que manda,…”, “No se adaptan a la necesidades del pueblo, de la población, de la sociedad”.

La visión limitada de la democracia, el déficit democrático, la corrupción, la ineficacia, etc… contribuyen a desnutrir la eficacia política de la ciudadanía. Se alega poca existencia de “canales de participación”. El sector más beligerante invita a hacer más protesta y más organización (a través de una mayor implicación), así como una mayor fórmula de control: “Es que tiene que haber alguna fórmula de control de los partidos políticos cuando les eligen, pero un control no del resto de los partidos sino de parte de los ciudadanos, que pudieran hacer como de fiscales o de controlar que un partido estén cumpliendo con su programa o con una serie de cuestiones”.

En definitiva, el rechazo al sistema  se manifiesta a través del resurgir de la conciencia que pretende pasar de ser “solamente consumidores a convertirte en ciudadanía”. Es un cambio que tiene como principal aspiración establecer un orden distinto en las prioridades en la vida y  de responsabilizarnos, más de darnos cuenta de que realmente tenemos el poder nosotros”. Implica una visión más amplia que la mínima expresión participativa del voto. O bien se hacía una evolución hacia otro sistema o bien una ruptura con el que había.



¿ REVOLUCIÓN SOCIAL EN UN MUNDO GLOBAL?


El siglo XXI se presenta como la máxima expresión de una economía mundial dominada por capitalismo y el industrialismo de las potencias que generalmente actúan en bloque para defender sus intereses. Pero el poder y la denominación actúan hoy en día de manera diferente a como ocurría en la anterior sociedad industrial.

El poder  de la sociedad  industrial era represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema represivo eran visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.

El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible el oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Cada uno es amo y esclavo en una persona.
También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa  se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.
¿ Contra  quien protestar ? ; ¿ Contra uno mismo?
Hoy no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una masa protestante y revolucionaria global. Por el contrario, la soledad del auto-empleado aislado, separado, constituye el modo de producción presente.
Antes, los empresarios competían entre sí. Sin embargo, dentro de la empresa era posible una solidaridad. Hoy compiten todos contra todos, también dentro de la empresa.
La competencia total  destruye la solidaridad y el sentido de comunidad

No obstante el análisis realizado, estamos comprobando como, con los actuales movimientos sociales a nivel mundial, se está produciendo un cambio cultural y de relación entre la sociedad civil y el Estado que pueden conllevar cambios sociales de un alcance similar a lo que podemos entender como
revolución social



CONFLICTO POLÍTICO-FILOSÓFICO

¿Qué salidas tienen los ciudadanos cuando,  una parte importante de los mismos se encuentran en el túnel de la frustración y la indignación?
¿ La “ SOL-UCIÓN “, como en la foto,  se encuentra en la movilización social de una parte de la ciudadanía (la más concienciada y la más combativa)  para que con sus protestas consigna una llamada de atención a la opinión pública que consiga cambiar la situación del país?
                                    
 
¿ Es legítima esta movilización y sus fines ?
En el pensamiento clásico la legitimidad se trataba al hilo de la consideración de las posibles formas de gobierno y de sus respectivos fines político-morales. La legitimidad respondía a unos criterios éticos. Es Platón quien inaugura la idea de la existencia de una complementariedad entre la identidad de la polis y el ideal de vida perseguido por sus miembros, una noción también asumida por Aristóteles y que posteriormente encontraremos repetida en numerosos pensadores romanos y cristianos. El tema principal es la ponderación de la bondad o maldad de cada forma de gobierno.
Con el contractualismo nace la filosofía política moderna y la noción de legitimidad como consentimiento.  La legitimidad consistirá en el cumplimiento de las condiciones del "contrato social", que toma varias formas: pacto entre individuos (Locke), pacto de la sociedad consigo misma (Rousseau), pacto de súbditos con soberano (Bodino).
En la Inglaterra del XVII,  Hobbes escribió sobre  la necesidad de instituir la sociedad civil arrancando del caos imperante en un estado en que los individuos, en pleno uso de su natural autonomía, podían recurrir a la fuerza de sus apetitos y necesidades.  El derecho de resistencia quedaba de este modo limitado sólo a aquella circunstancia en que el Estado traicionase la naturaleza de su misión y amenazase individualmente la existencia física de sus súbditos.
Por lo tanto, en principio, desde el punto de vista filosófico sí sería legítima esa movilización popular que impulsara el cambio ante una situación injusta, siempre que, claro está, ese sentimiento de necesidad de movilización fuera mayoritario en la sociedad.

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